En tiempos donde la incertidumbre parece ganar terreno y las noticias, muchas veces, pesan más de lo que alivian, la Iglesia Católica ha levantado la voz con un mensaje que no pasa desapercibido: trabajar por la paz… como quien abre una ventana para que entre la alegría.
A propósito de la Semana Santa, el semanario Camino —órgano de difusión de la Iglesia— invita a mirar más allá del ruido cotidiano. Y es que, la verdad, el llamado no es abstracto ni lejano. Es directo. Cercano. Humano. Se trata de ser luz en medio de tantas tinieblas que, como bien describen, “oscurecen el firmamento de la existencia humana”.
Frente a lo que definen como “signos de muerte” —que bien pueden sentirse en la violencia, la desesperanza o la indiferencia—, la propuesta es clara: dar paso a la vida. Pero no como un concepto bonito, sino como una práctica diaria. Llenar los espacios de esperanza. Apostar por la solidaridad. Hacer visible la hermandad.
Porque, además, hay gestos concretos que ya están dando frutos. Uno de ellos ocurrió en Moca, durante la Pascua Infantil Salesiana, donde más de 600 niños, niñas y preadolescentes participaron en una jornada que, más allá de lo simbólico, se convierte en semilla. Semilla de respeto. De amor. De compromiso. De futuro.
La Iglesia insiste: vivir la Resurrección no es repetir una tradición, es asumir una actitud. “Necesitamos vivir como resucitados”, plantean, como quienes deciden construir algo distinto, incluso cuando el panorama no parece favorable.
Y es que, en medio de tantas cargas emocionales —miedo, soledad, angustia—, muchos transitan la vida como si estuvieran atrapados en un callejón sin salida. Ante esa realidad, el mensaje se vuelve aún más urgente: la resurrección no es solo memoria, es fuerza presente. Una fuerza capaz, incluso, de sanar la tristeza humana.
Quizás por eso el llamado resuena con tanta fuerza: llenar los ambientes de esperanza no es una opción decorativa… es una necesidad.
Porque al final, como bien lo expresan, trabajar por la paz es mucho más que un ideal.
Es, sencillamente, abrir caminos a la alegría.















