De izquierda a derecha, Manny Rutinel, Analilia Mejía y Darializa Ávila Chevalier, políticos de origen dominicano que lograron escaños en la Cámara de Representantes de Estados Unidos
Las elecciones del 3 de noviembre de 2026 consolidan la presencia de dominicanos en el Congreso estadounidense y en gobiernos estatales. Un avance que también supone mayores responsabilidades frente a la ciudadanía.
ESTADOS UNIDOS. — Durante décadas, miles de familias dominicanas llegaron a Estados Unidos con el propósito de construir un futuro mejor. Trabajaron, pagaron impuestos, levantaron negocios y educaron a sus hijos en una sociedad donde, con el paso de los años, sus descendientes comenzaron a ocupar espacios de decisión. Hoy, aquella historia de esfuerzo también se escribe desde las instituciones políticas estadounidenses.
Las elecciones de medio término celebradas el martes 3 de noviembre dejaron un resultado significativo: por primera vez, tres representantes de ascendencia dominicana coincidirán en la Cámara de Representantes de Estados Unidos.
Darializa Ávila Chevalier, electa por el Distrito 13 de Nueva York; Manny Rutinel, ganador del Distrito 8 de Colorado, y Analilia Mejía, reelegida por el Distrito 11 de Nueva Jersey, representan distintas trayectorias de participación política que comparten un vínculo con la República Dominicana.
El avance también alcanza las legislaturas estatales. En Nueva York conservaron sus escaños Amanda Séptimo, Karinés Reyes, Yudelka Tapia, George Álvarez y Manny de los Santos. Mientras tanto, Sabina Matos, de origen dominicano, consiguió su reelección como vicegobernadora de Rhode Island.
Estos resultados adquieren especial importancia para una comunidad que, según estimaciones del Pew Research Center correspondientes a 2021, ya superaba los 2.4 millones de personas de origen dominicano en territorio estadounidense.
El verdadero significado de la representación
Detrás de cada victoria electoral existe una historia que trasciende los nombres de los candidatos. Es la evolución de comunidades inmigrantes que pasaron de luchar por establecerse a participar directamente en la elaboración de las leyes y en las decisiones de gobierno.
Sin embargo, compartir raíces dominicanas con un funcionario electo no garantiza, por sí mismo, una buena representación.
Quienes alcanzaron estas posiciones tienen la responsabilidad de servir a todos los ciudadanos de sus respectivos distritos, independientemente de su nacionalidad, origen, condición económica o preferencia política.
La comunidad dominicana puede reconocer legítimamente estos avances sin renunciar a exigir transparencia, integridad, resultados y rendición de cuentas.
Para la República Dominicana, esta creciente presencia política también representa una oportunidad de fortalecer los vínculos culturales, sociales e institucionales con una diáspora que continúa manteniendo estrechas relaciones con su país de origen.
El desafío comienza después de contar los votos. Estará en la capacidad de estos representantes para responder a las necesidades de las comunidades que depositaron su confianza en ellos.
El mayor logro de la diáspora dominicana no será simplemente llegar al poder, sino demostrar que su participación contribuye a construir instituciones más responsables y sociedades con mayores oportunidades.
Porque el reconocimiento a las generaciones que abrieron el camino también exige que quienes hoy ocupan cargos públicos estén a la altura de esa historia.

