Cuando Willy Adames enciende el bate… no solo se mueve el marcador. Vibra la Sierra. Vibra Jánico. Vibra un pueblo que aprendió a soñar viendo una pelota volar.
Porque no estamos hablando simplemente de un campocorto con poder. Estamos hablando de sangre janiquera. De tierra fría y carácter caliente. De un muchacho que salió de la montaña con el guante en la mano y hoy pisa firme en uno de los escenarios más exigentes del béisbol.
Y ahora, en San Francisco, la verdad es que viene a todo motor.
El propio Adames lo admitió hace poco, entre sonrisas pero sin rodeos: no fue cuestión de días. Fueron meses. Meses de ajustes finos, de presión mediática, de entender el viento caprichoso de la Bahía y, además, de cargar con el peso invisible de un contrato histórico. Porque cuando te conviertes en pieza central de una franquicia, cada turno al bate parece un examen final.
Pero algo cambió.
Y explotó.
Treinta jonrones.
Un OPS de .828 en la segunda mitad.
El primero en alcanzar los 30 cuadrangulares con los Gigantes desde Barry Bonds en 2004.
No es poca cosa. Es historia reciente. Es entrar en una conversación que parecía lejana.
Y es que el serrano no se rinde. Ajustó la postura, simplificó movimientos, trabajó el timing como un relojero suizo afinando cada engranaje. Porque hoy las rectas rozan las 105 millas por hora… y el que no evoluciona, se queda mirando.
Willy evolucionó.
Ahora no solo conecta cuadrangulares; transmite liderazgo. Defiende con seguridad. Se para en el plato con otra presencia. Hay confianza en sus gestos, en la manera en que camina hacia el dugout después de un batazo largo. Se siente distinto.
¿Estamos ante la temporada consagratoria del Orgullo Janiquero?
Tal vez. Y es que cuando Willy batea… pareciera que la Sierra completa lo hace con él.
Desde Jánico hasta las Grandes Ligas. Del frío de la montaña al viento de la Bahía. Una historia que sigue escribiéndose, swing a swing.











