A veces, una sola preposición cambia todo. Y en este caso, cambia el sentido, el respeto y hasta la carga humana del mensaje. La recomendación es clara: es preferible decir “reparación a las víctimas” y no “reparación de las víctimas” cuando hablamos de desagravio, compensación o justicia frente a un daño sufrido.
La verdad es que en medios de comunicación, discursos oficiales y documentos públicos se repite con frecuencia una fórmula que no es la más adecuada. Frases como “la reparación de las víctimas” aparecen una y otra vez, aunque sin mala intención. Sin embargo, el matiz importa. Y mucho.
Cuando hablamos de reparar algo roto o estropeado, lo normal es usar la preposición de. Por ejemplo, nadie duda al decir: “la reparación de la tubería del acueducto”. Ahí, el objeto es una cosa. Un sistema. Una estructura física.
Pero cuando nos referimos a personas que han sido dañadas, el enfoque cambia. Ya no se trata de arreglar algo, sino de resarcir, compensar, acompañar, dignificar. Y es ahí donde entra la forma correcta: reparación a las víctimas. Porque no se “reparan” personas; se repara el daño causado a ellas.
Por eso, expresiones como “la atención, protección y reparación a las víctimas” reflejan mejor el sentido humano y jurídico del mensaje. Lo mismo ocurre cuando se habla de desastres, violencias o fallos del Estado: decir “reparación a las víctimas” coloca el foco donde debe estar, en quienes sufrieron la herida.
Además, este uso no es solo una cuestión gramatical. Es una forma de lenguaje que reconoce la dignidad del otro. Que entiende que la justicia no es técnica fría, sino un proceso que busca sanar, acompañar y devolver derechos.
En definitiva, cuidar estas palabras es también cuidar a las personas. Y es que, a veces, el lenguaje no solo informa: también repara.

