Las palabras, a veces, no solo describen la realidad… la sacuden. Y en esta ocasión, la sacudida ha sido fuerte. Las recientes declaraciones del pastor evangélico dominicano Ezequiel Molina han encendido un debate incómodo, de esos que se meten en la conversación cotidiana y no salen fácil. “Para evitar muchos muertos hay que matar a un grupito”, dijo, al justificar acciones militares en medio de la creciente tensión internacional, una frase que, más que una opinión, ha sido percibida por muchos como una peligrosa validación de la violencia. Y es que el contexto no ayuda: el respaldo del líder religioso a las posturas del presidente Donald Trump frente al conflicto con Irán llega justo cuando voces globales llaman a lo contrario, a bajar el tono, a desescalar.
Además, Molina aprovechó el momento para dirigir críticas al papa León XIV, a quien acusó de inclinarse hacia posiciones políticas que, según él, se alejan de la doctrina tradicional. Sin embargo, la realidad parece ir en otra dirección: el pontífice ha insistido en un mensaje claro —y cada vez más urgente— de paz, denunciando el uso de la religión como herramienta de poder y advirtiendo que el mundo “está siendo devastado por un puñado de tiranos”. De hecho, su llamado reciente desde Guinea Ecuatorial a ponerse “al servicio del derecho y la justicia” ha sido respaldado por distintos sectores, incluida la Iglesia dominicana, que pidió evitar cualquier distorsión de ese mensaje.
La verdad es que el contraste no puede ser más evidente. Mientras unos apelan a la confrontación como vía para frenar el caos, otros insisten en que la paz —aunque más compleja, aunque más lenta— sigue siendo el único camino sostenible. Y en medio de todo esto, figuras como Trump añaden más ruido al escenario, con discursos y gestos que mezclan política, religión y poder en una combinación tan influyente como polémica.
Quizá por eso, más allá de quién tenga la razón, lo que realmente inquieta es la facilidad con la que se invoca a Dios para justificar la guerra. Porque cuando la fe se convierte en argumento para la violencia, la línea entre convicción y manipulación empieza a borrarse. Y ahí, la conversación deja de ser política… para volverse profundamente humana.