La muerte del sacerdote jesuita e historiador José Luis Sáez deja un vacío difícil de medir. No solo en los pasillos de la Iglesia o en las aulas universitarias donde enseñó durante décadas, sino también en la memoria intelectual de un país que encontró en él a uno de sus grandes guardianes silenciosos.
Falleció este miércoles 6 de mayo en Santo Domingo, a los 88 años, luego de una vida dedicada casi por completo a investigar, escribir, enseñar y preservar historias que, sin su trabajo, probablemente se habrían perdido entre archivos olvidados y documentos dispersos.
La Conferencia del Episcopado Dominicano confirmó la noticia con un mensaje cargado de sobriedad y fe: “Con esperanza en la Resurrección de Jesucristo, encomendamos el alma del P. José Luis Sáez, S. J., quien ha sido llamado a la Casa del Padre”. También destacó que su legado “permanece en la enseñanza y en sus valiosos aportes a la historia de la iglesia dominicana”.
Pero hablar de José Luis Sáez únicamente como sacerdote sería quedarse corto.
Fue historiador, investigador, ensayista, maestro universitario y, además, un observador agudo de la sociedad dominicana. Quienes lo conocieron recuerdan su humor ácido, su conversación intensa y esa costumbre casi inagotable de recibir estudiantes que llegaban a consultarle sobre historia, periodismo, cine o cultura. Nunca parecía cansarse de enseñar.
Nació en Valencia, España, en 1937, en medio de uno de los períodos más convulsos de la historia española. Su propia llegada al mundo estuvo marcada por la Guerra Civil. Sus padres, republicanos perseguidos durante el avance del franquismo, tuvieron que abandonar Madrid rumbo a Valencia mientras su madre estaba embarazada. Años más tarde, el destino terminaría llevándolo a la República Dominicana, país al que llegó en 1954 y que terminó convirtiéndose en su hogar definitivo.
De hecho, en 1966 adoptó oficialmente la nacionalidad dominicana, una decisión que parecía más emocional que burocrática. Porque la verdad es que José Luis Sáez ya pertenecía, desde hacía mucho tiempo, a la vida cultural e intelectual dominicana.
Su formación lo llevó por Cuba, Venezuela y Estados Unidos. Estudió filosofía en la Universidad de Fordham y teología en Maryland, antes de ser ordenado sacerdote en la Catedral de Santo Domingo en 1970.
Sin embargo, quizás una de las etapas más queridas de su trayectoria fue su paso por Radio Santa María. Allí impulsó programas culturales e históricos y ayudó a formar jóvenes comunicadores y líderes comunitarios. Más que hacer radio, sembraba curiosidad.
También enfrentó duras batallas de salud. Fue sometido a operaciones de corazón abierto y posteriormente a tratamientos contra el cáncer. Aun así, nunca dejó de investigar ni de escribir. Parecía vivir rodeado de papeles, archivos y manuscritos. Como si supiera que todavía quedaban historias pendientes por rescatar.
Su producción intelectual fue monumental. Publicó más de 40 libros sobre historia de la Iglesia, periodismo, educación, cine y cultura dominicana. Obras como Cinco siglos de Iglesia Dominicana, Los jesuitas en la República Dominicana o En el lugar del hecho: El reportero de televisión terminaron convirtiéndose en referencias obligadas para investigadores y estudiantes.
Y es que José Luis Sáez no escribía solamente para acumular datos. Escribía para conservar memoria. Para evitar que el tiempo borrara nombres, procesos y episodios fundamentales de la historia dominicana.
Hoy, tras su partida, quedan sus libros, sus investigaciones y el recuerdo de un hombre que dedicó su vida a entender y explicar el país desde la profundidad, el pensamiento crítico y la paciencia del investigador auténtico. Un hombre que hizo de la memoria su verdadera vocación.














