La lluvia no solo ha caído sobre los techos. También ha golpeado, con fuerza silenciosa, la estabilidad de miles de familias dominicanas.
En medio de este panorama, la Iglesia Católica —a través de su semanario Camino— ha levantado la voz. No con estridencia, sino con urgencia. Con esa claridad que nace cuando la realidad duele: es momento de multiplicar la solidaridad.
Y es que las cifras, más que números, retratan vidas trastocadas. Más de 30 mil personas desplazadas. Comunidades enteras incomunicadas. Acueductos fuera de servicio. Viviendas afectadas. Detrás de cada dato hay una historia interrumpida, una rutina rota, una familia que no sabe cuándo podrá volver a la normalidad.
La verdad es que la reciente vaguada no solo dejó caminos intransitables. También profundizó una herida que ya existía: la pobreza. Porque cuando el agua arrastra lo poco que se tiene, lo que queda es incertidumbre… y, muchas veces, silencio.
Por eso, la Iglesia insiste en algo que va más allá de la ayuda puntual. Habla de una solidaridad activa, casi urgente. De evitar que estos nuevos damnificados pasen a engrosar la larga lista de quienes, en otros fenómenos naturales, lo perdieron todo y aún esperan respuestas.
“Es hora de actuar con prontitud y con una verdadera vocación de servicio”, subraya el editorial. No como consigna, sino como compromiso.
Además, el mensaje conecta con una voz que trasciende fronteras. La del papa León XIV, quien durante su reciente visita a África —que incluye países como Camerún, Argelia, Angola y Guinea Ecuatorial— insistió en la necesidad de construir el bien común con perseverancia.
Pero quizás lo más poderoso de su mensaje es la idea de una paz distinta. Una paz “desarmada”, que no se sostiene en el miedo ni en la amenaza. Y, más aún, una paz “desarmante”: capaz de abrir corazones, de tender puentes, de generar confianza en medio del caos.
En tiempos donde la naturaleza sacude y la fragilidad humana queda al descubierto, la solidaridad deja de ser una opción. Se convierte, casi, en una obligación moral.
Porque al final, como sugiere el llamado de la Iglesia, no se trata solo de reconstruir casas…
sino de sostener vidas.














