La escritura ha sido el ejercicio más determinante para el desarrollo del intelecto humano. Al convertirse en signos y símbolos —cada vez en soportes más ligeros y con nuevas formas de replicarse—, permitió repasar, fuera de la propia cabeza, el sentir y el pensar de miles de hombres.
Por Ricardo Toribio
La evolución del Homo sapiens sobre el neandertal fue un asunto de pura estrategia: mientras uno andaba solo y era extremadamente fuerte, el otro, más débil, avanzaba en grupo. Esas figuritas que hoy contemplamos en las escenas no eran retratos literales; eran diagramas de sujetos rodeando a la presa. Indicaban los puntos de fuerza para someter o perseguir. Estos ejercicios dentro de la penumbra servían para adiestrar a los más jóvenes en el arte de la vida. No eran adornos en las paredes: eran mapas estratégicos, las mismísimas primeras páginas del libro.
Luego, cuando las cuevas se llenaron, hubo que inventar una «cueva exterior» y nació la casa. En ese nuevo espacio fue necesario reinventar el soporte: la economía del espacio obligó a encoger la pictografía hasta convertirla en símbolos compactos. Ahí aparecieron el cuero de los animales y la arcilla cocida, permitiendo que el mensaje se ensayara lejos del peligro.
Se cuenta que el primer tratado de derechos humanos se grabó en aquel famoso cilindro de Ciro el Grande. Asimismo, en las tablillas de arcilla descubiertas en Sumeria, late una historia que nos conecta con un pasado vivo. Sin esos registros de sus creencias y costumbres, nos sería imposible comprender el ascenso, la evolución, la decadencia y la caída de los imperios que hoy conocemos; saber dónde prosperó la energía humana y qué causó su ruina. Toda esta memoria se escribió para durar, usando los soportes de la época: la piedra, la arcilla y el cuero, hasta que el ingenio humano alcanzó el papiro y los rollos egipcios.
Desde los tratados de Shuruppak en Sumeria hasta la impresión de la primera Biblia de Gutenberg en Alemania, corrió mucha tinta. Fue entonces cuando el libro comenzó a viajar como un objeto autónomo, un pasaporte para conocer otros tiempos, otros lugares y otras fes. Con los enciclopedistas europeos, este conocimiento se expandió y se democratizó, consolidando el nacimiento del libro impreso tal como lo heredamos hoy. A este objeto se le han rendido miles de elogios por ser el cofre del saber y de cuanta conjetura ha explorado el ser humano. Imposible olvidar la famosa apología que Federico García Lorca leyó al inaugurar la biblioteca de Fuente Vaqueros, su pueblo natal.
Llevar un documento en el bolsillo digital no nos hace más sabios; nos hace más veloces. Confundir la capacidad de almacenamiento con la capacidad de comprensión es el gran analfabetismo de nuestra era. Ya lo advertía con lucidez Jorge Luis Borges al reflexionar sobre los alcances de nuestra inventiva: «De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación».
La pantalla distrae y fragmenta; el libro de papel concentra y unifica. A través de la clásica dialéctica de tesis y antítesis, el lector de libros alcanza una síntesis reflexiva que antes estaba reservada solo a los grandes eruditos. Ese ha sido el verdadero motor que ha venido perfeccionando al libro. Por eso, decretar su muerte es no entender el valor de este objeto en nuestro viaje hasta el presente. Como bien sentenció Umberto Eco ante la fascinación ciega por lo electrónico: «El libro es un objeto insustituible. Pertenece a esa categoría de herramientas que, una vez inventadas, no han podido ser mejoradas. El celular nos da la ilusión de saberlo todo, pero solo el libro nos enseña a pensarlo todo».
La lectura sigue siendo con los ojos lo que la artesanía es con las manos. Y aunque hoy imperen el dictado, el algoritmo y la prisa virtual, el libro de papel permanece como ese artefacto valioso, económico y soberano; una tecnología perfecta que no depende de baterías ni de corporaciones, capaz de sacudir nuestro pensamiento y mejorar nuestro oficio una vez que cerramos sus páginas.
Dicho todo esto, el libro y su feria no son el cementerio de una vieja tecnología; deben ser un acontecimiento vivo, un espacio donde los nuevos materiales de la exploración humana se pongan al alcance del público curioso. Un lugar sagrado pensado para que la gente pueda llevarse ese conocimiento a casa o a la oficina, y emprender, junto al autor, el único viaje que nos hace verdaderamente libres: el viaje hacia tierras desconocidas.
Artículo publicado originalmente en Acento.com.do y reproducido en este medio con autorización expresa de su autor.














