Bajo el intenso sol de mayo y entre coronas de flores blancas, el cementerio Cristo Redentor volvió a convertirse este sábado en un punto de encuentro para la memoria, la nostalgia y también la política dominicana. Han pasado ya 28 años desde la muerte de José Francisco Peña Gómez, pero su figura continúa despertando emociones difíciles de ignorar.
La verdad es que, para muchos dominicanos, Peña Gómez sigue siendo mucho más que un antiguo candidato presidencial o un dirigente partidario. Su nombre todavía provoca conversaciones apasionadas, recuerdos familiares y hasta debates entre generaciones que no llegaron a verlo en vida, pero crecieron escuchando historias sobre aquel líder de voz encendida que hablaba de democracia, justicia social y dignidad humana como si fueran asuntos personales.
Este 10 de mayo, decenas de seguidores, dirigentes políticos y simpatizantes acudieron al camposanto para honrar al histórico líder del Partido Revolucionario Dominicano (PRD). Algunos llevaron pancartas. Otros, libros que narran episodios de su vida. También hubo banderas, fotografías y pequeños souvenirs con su imagen. Parecía, por momentos, más una peregrinación emocional que un simple acto político.
“Peña se recuerda con mucho cariño, afecto y mucho dolor por su partida física”, expresó Rafael Vásquez, conocido popularmente como “Fiquito”, presidente sectorial peñagomista. Y es que, según explicó, el exlíder perredeísta continúa siendo un referente moral y político para la juventud dominicana.
Sus palabras no fueron casuales. Peña Gómez representó para muchos la idea de que un hombre nacido en condiciones humildes podía desafiar las estructuras tradicionales del poder. Esa narrativa —la del muchacho pobre que llegó a convertirse en una de las voces políticas más influyentes del Caribe— sigue teniendo un peso simbólico enorme en República Dominicana.
“Las dificultades materiales nunca fueron obstáculos para alcanzar lo que se propuso”, recordó Vásquez ante los presentes. Y quizá ahí radica una parte importante de su permanencia en la memoria colectiva: Peña no solo hablaba de superación; parecía encarnarla.
De su lado, Rafael Gamundi Cordero, dirigente del Partido Revolucionario Social Demócrata (PRSD), fue todavía más contundente al definirlo como “el hombre más importante de la República Dominicana, por ser un hombre portador de principios”.
No es una frase menor. Mucho menos en tiempos donde gran parte de la ciudadanía suele mirar la política con desconfianza o cansancio.
La muerte de Peña Gómez, ocurrida el 10 de mayo de 1998 a causa de un cáncer de páncreas que deterioraba su salud desde 1994, marcó profundamente al país. Tenía apenas 61 años. Y además, falleció en un momento políticamente decisivo: se perfilaba como favorito para ganar la alcaldía del entonces Distrito Nacional, en unas elecciones municipales previstas apenas seis días después de su partida.
El impacto fue inmediato. Miles de personas abarrotaron sus honras fúnebres. Las imágenes de aquellas largas filas, de ciudadanos llorando y lanzando flores al paso del cortejo, todavía permanecen vivas en la memoria de muchos dominicanos.
Pero más allá de la política electoral, Peña Gómez dejó una historia profundamente humana.
Nacido el 6 de marzo de 1937, desempeñó funciones como maestro de alfabetización en distintas comunidades del país, incluyendo Mao, San Cristóbal, Yaguate y otros puntos donde la educación era todavía un privilegio lejano para muchas familias. Además, trabajó como locutor y narrador deportivo en “La Voz Dominicana” entre 1960 y 1961, una faceta menos conocida, aunque reveladora de su capacidad de conectar con la gente desde distintos escenarios.
Y es que Peña Gómez no construyó liderazgo únicamente desde los discursos. Lo hizo también desde la cercanía, desde la palabra sencilla y desde una habilidad casi natural para interpretar el sentir popular.
A casi tres décadas de su fallecimiento, su tumba continúa recibiendo flores. Pero quizá el verdadero homenaje no esté solo en los actos conmemorativos, sino en algo más profundo: en la persistencia de una figura política que, para bien o para mal, sigue ocupando un espacio emocional dentro de la historia dominicana.















