El trofeo fue entregado. La discusión, sin embargo, apenas comenzaba.
La elección de Renaldo Balkman como Jugador Más Valioso de la serie final del Baloncesto Superior Nacional de Puerto Rico provocó un revuelo tan intenso como la propia batalla de siete partidos entre los Vaqueros de Bayamón y los Santeros de Aguada. En el centro del debate quedó Jassel Pérez, el dominicano que hizo méritos suficientes para llevarse el premio, aunque la votación tomó otro camino.
Bayamón conquistó el campeonato número 18 de su historia tras vencer 81-74 a Aguada. Pérez fue la gran referencia ofensiva del séptimo encuentro con 25 puntos, coronando una serie en la que promedió 19.6 tantos, 4.7 rebotes, cinco asistencias y 1.9 robos.
Balkman, de 42 años, terminó la final con medias de 8.6 puntos, 5.4 rebotes, 1.3 asistencias, 1.4 robos y un bloqueo. Sus números fueron inferiores a los del dominicano en casi todos los apartados, pero su eficiencia, liderazgo y participación en momentos defensivos puntuales terminaron inclinando la decisión a su favor.
El premio reconoce un momento, no una trayectoria
La controversia es comprensible. Los números colocaban a Pérez en la primera fila de los candidatos y su actuación decisiva parecía cerrar cualquier discusión. Sin embargo, los premios individuales dependen de votos, criterios y percepciones. A veces se privilegia el volumen estadístico; otras, una jugada decisiva, el peso de la experiencia o la narrativa construida alrededor de un jugador.
Eso no disminuye lo realizado por Jassel. Al contrario.
El dominicano, de 24 años, cumplió exactamente la misión para la que fue contratado: encender la ofensiva, producir puntos, romper defensas y aportar esa energía imprevisible que cambia el pulso de un partido. Cuando Bayamón necesitó una respuesta, allí estuvo el llamado “Rey del Pop”, jugando con atrevimiento y sin esconderse.
Además, su reacción durante la serie ya había revelado bastante sobre su madurez. Cuando comenzaron a mencionarlo como candidato al premio, repartió el mérito entre sus compañeros, el cuerpo técnico y la fanaticada. “El MVP son mis compañeros”, declaró entonces.
No recibió la estatuilla, pero salió campeón. Y, en ocasiones, el recuerdo de haber sostenido a un equipo cuando la presión apretaba termina pesando más que una placa guardada en una vitrina.
A Pérez le queda todo el camino por delante. Si continúa fortaleciendo su físico, afinando su técnica y aprendiendo a controlar las emociones que algunas veces lo arrastran a controversias innecesarias, tendrá muchas noches para ganar premios.
El próximo enfrentamiento entre República Dominicana y Puerto Rico podría ofrecerle una revancha simbólica. Si todavía conserva alguna espina, otros 25 puntos serían una manera elegante de sacársela.
Porque un MVP reconoce una serie. El verdadero valor de un jugador lo determina todo lo que construye después.

