Hay problemas que hacen ruido. Y hay otros que, poco a poco, van destruyendo una comunidad en silencio. El vertedero a cielo abierto de San José de las Matas pertenece a este último grupo. Está ahí. Visible. Humeando. Creciendo. Contaminando. Pero, aun así, pareciera que nadie quiere mirarlo de frente.
La verdad es que lo más preocupante no es solamente la acumulación de basura. Tampoco el humo constante que se levanta como una nube gris sobre la zona. Lo verdaderamente alarmante es la peligrosa costumbre que hemos desarrollado como sociedad: acostumbrarnos a convivir con lo inaceptable.
Los comunitarios de Cañada de Caimito llevan tiempo denunciándolo. Han hablado en reuniones. Han publicado fotos. Han advertido sobre la contaminación de las aguas, sobre las moscas, la peste y hasta la presencia de culebras que, huyendo del fuego y el humo, terminan refugiándose en los patios de las viviendas. Pero sus voces parecen perderse en el aire, igual que el humo tóxico que sale del vertedero.
Y es que cuando una ciudad comienza a normalizar que un río reciba plásticos, vidrios y desperdicios arrastrados por la lluvia, algo anda muy mal.
Uno de los testimonios compartidos por ciudadanos preocupados retrata con crudeza la situación: después de las lluvias, los desechos bajan por una cañada que conecta directamente con el río Amina. No se trata de una sospecha. No es una exageración de redes sociales. Es basura real llegando a una fuente de agua real.
¿Y entonces?
Silencio.
Mientras tanto, el vertedero sigue creciendo porque allí termina prácticamente toda la basura del municipio y de muchas comunidades rurales cercanas. Lo que en algún momento pudo verse como una solución improvisada, hoy se ha convertido en una amenaza ambiental de gran escala. Una bomba de tiempo. Y quizá lo más triste sea que la explosión ya comenzó, solo que ocurre lentamente.
A veces en Sajoma discutimos con pasión temas políticos, electorales o incluso controversias pasajeras que duran dos o tres días en redes sociales. Pero este problema, que afecta la salud, el agua y el entorno natural de futuras generaciones, apenas recibe atención sostenida. Como si el humo no entrara en los hogares. Como si el río contaminado fuera problema de otros.
Además, hay algo profundamente injusto en todo esto: las comunidades más cercanas al vertedero cargan casi solas con las consecuencias. Son ellos quienes viven el olor. Son ellos quienes ven las moscas multiplicarse. Son ellos quienes respiran el aire contaminado cada día. Y aun así, muchas veces sienten que hablan solos.
La frase de una comunitaria golpea fuerte por su honestidad dolorosa: “¿Qué puede hacer una pecesita en este mar de tiburones?”. Ahí hay frustración. Cansancio. Sensación de abandono.
Pero también hay una advertencia.
Porque cuando una comunidad deja de sentirse escuchada, comienza a perder la esperanza en las instituciones. Y eso es peligroso.
Sajoma no puede seguir tratando este tema como un asunto secundario. El vertedero ya dejó de ser únicamente un problema de basura. Hoy es un problema de salud pública, de contaminación ambiental y de dignidad comunitaria.
Tal vez ha llegado el momento de dejar de mirar hacia otro lado.
Porque los ríos no olvidan lo que se les lanza. Y la naturaleza, tarde o temprano, siempre pasa factura.















