Hay tragedias que no terminan cuando se apagan las sirenas.
Se quedan. Se instalan en la memoria colectiva, en las conversaciones a media voz, en los silencios incómodos que nadie quiere llenar.
Mañana se cumple un año del colapso del techo de la discoteca Jet Set. Un año.
Y, sin embargo, la sensación es otra: como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante exacto, a las 12:44 de la madrugada, cuando todo cambió.
Doscientas treinta y seis vidas.
Más de 180 heridos.
Casi 200 familias que no volvieron a ser las mismas.
Y un país entero que, aunque siguió su ritmo —porque la vida empuja—, nunca terminó de procesarlo del todo.
La verdad es que hay heridas que no cierran con el calendario.
Hoy, la acera frente al lugar no es solo concreto. Es un altar. Flores, velones, fotografías… nombres. Muchos nombres. Cada uno con una historia que quedó interrumpida de golpe. Y es ahí donde se entiende que esta no es solo una tragedia estadística. Es profundamente humana.
Además, hay algo que pesa más que el recuerdo: la ausencia de respuestas claras.
Porque sí, se han levantado carpas, se han coordinado misas, se han dispuesto operativos de tránsito. Todo parece organizado para la conmemoración. Pero el fondo —ese que duele— sigue igual: familiares que aún claman justicia.
Y es que recordar no es suficiente cuando la verdad no termina de salir a la superficie.
Durante estos días, la zona vuelve a cerrarse. La avenida Independencia se transforma, otra vez, en un espacio de recogimiento. Policías, agentes de tránsito, estructuras temporales… todo listo para honrar a las víctimas. Pero también, inevitablemente, para revivir el momento.
Porque la memoria tiene eso: no pide permiso.
Se encenderán velas esta noche. A las 10:00.
Se apagarán exactamente a las 12:44.
La misma hora en que el techo cedió. En que la música se detuvo. En que el caos reemplazó la celebración.
Ese gesto —simple, simbólico— dice más que cualquier discurso.
Pero hay otra realidad que incomoda. Y es necesario decirla.
A un año de la peor tragedia no natural en la historia reciente de la República Dominicana, todavía no hay una narrativa clara que explique cómo ocurrió, quién falló, quién responde. Y mientras eso no exista, el duelo se queda incompleto.
Porque el dolor sin justicia se convierte en frustración.
Y la frustración, con el tiempo, en desconfianza.
Además, están los que quedaron. Los más invisibles.
Ciento setenta y cuatro niños, niñas y adolescentes que perdieron a sus padres esa noche. Historias que ahora se reescriben sin una figura esencial. Vidas que, de un día para otro, cambiaron de rumbo sin previo aviso.
¿Quién responde por ellos?
¿Quién acompaña ese proceso más allá de los titulares?
Y es ahí donde el país tiene una deuda. No solo institucional, sino moral.
Porque las tragedias no se miden solo por la magnitud del evento, sino por la capacidad de una sociedad para aprender de ellas. Para evitar que se repitan. Para hacer justicia, aunque duela.
Un año después, Jet Set sigue cerrado. Custodiado. Silencioso.
Como si el lugar mismo se negara a olvidar.
Y tal vez ese sea el punto.
Que no olvidemos.
Pero tampoco normalicemos.
Que cada vela encendida no sea solo un acto simbólico, sino un recordatorio de lo que aún falta por hacer.
Porque al final, y es incómodo decirlo, el tiempo no sana todo.
Solo enseña a convivir con lo que no se ha resuelto.














