
José Luis Taveras
En estos tiempos, disentir es heroico. Supone consentir toda suerte de agravios. Desafiar a los demonios de la intolerancia. Exponerse a un linchamiento.Ser juzgado por los fueros del fanatismo.
En la confrontación no se aceptan escalas; únicamente los extremos. O se está en uno o en otro. Cuando no, se es sujeto de sospechas de ambos lados, y entonces «se es negro para los blancos y blanco para los negros».
No se concibe una opinión sin interés, una posición sin deuda política, una idea que no sea prestada ni un pensamiento sin ataduras. Y es que lo que la manada no entiende la irrita o le provoca a la censura. Quiere sentirnos parte de su rebaño, dándole eco a sus cansados berridos, o tasarnos al valor estimado por sus prejuicios o temores.
No hay una opinión que no pase por el tamiz de sus estereotipos. Así, si reconoces una ejecutoria del Gobierno, estás recibiendo un cheque; si postulas por los derechos de un colectivo, eres un raro progresista; si mencionas a Dios, eres un fanático religioso; si postulas por las libertades ciudadanas, eres un izquierdoso; si velas por los derechos del inmigrante, eres un antipatriota; si no ves arte en el dembow, eres un maldito clasista (popi); si no te gusta Joaquín Sabina, eres un inculto.
Es que hoy la masa es la que manda: marca tendencias, construye «opinión pública», impone contenidos, propone patrones y fabrica ídolos. En esa imposición no hay espacio para reconocer centros de pensamiento, respeto intelectual ni algún paradigma admirable. El efecto es una asfixiante banalización de la vida colectiva como la que se revela en la calidad de la información y el debate público cada vez más insípido.
Hoy se critica lo que no se entiende, se comenta lo que no se lee, se informa lo que no se sabe, se da por válido lo que no se ha comprobado, se exalta lo que no tiene valor y se debate lo que no se conoce. Gobiernos y ciudadanos invierten tiempo y recursos refutando imputaciones, desmintiendo desinformaciones virales, aclarando noticias falsas, todas alentadas solo por el morbo «monetizable» o por la malignidad como oficio resentido.














