Hay trayectorias que no solo se cuentan en años, sino en huellas. Y la de Aníbal de Castro, la verdad es que, parece de esas que se van construyendo palabra a palabra, día tras día, sin hacer ruido… pero dejando eco.
Este lunes, el Ministerio de Educación y el Colegio Dominicano de Periodistas (CDP) anunciaron que De Castro ha sido seleccionado como Premio Nacional de Periodismo 2026, un reconocimiento que, más que un galardón, suena a cierre de círculo para una vida entera dedicada a informar, interpretar y, en muchos casos, incomodar cuando ha sido necesario.
El jurado valoró su trayectoria, sí. Pero también algo menos medible: su consistencia. Ese estilo sobrio, reflexivo, que no busca aplausos fáciles. Y es que no todos los días se premia a alguien que ha hecho del criterio su sello.
El premio, instituido mediante el Decreto 74-94, será entregado en una ceremonia oficial en el Palacio Nacional. Los detalles vendrán después. Por ahora, el anuncio basta para poner el nombre de De Castro otra vez en el centro de la conversación pública.
Su historia en el periodismo comienza bajo la guía de dos figuras clave: Freddy Gatón Arce y Radhamés Gómez Pepín. Luego vendría una etapa intensa al frente del vespertino Última Hora, entre 1981 y 1992, en tiempos donde cerrar una edición era casi una carrera contra el reloj… y contra la historia misma.
En 1994 dio otro paso importante con la fundación de la revista Rumbo, una apuesta editorial que buscaba profundidad en un entorno que ya empezaba a acelerarse. Además, desde la Editora AA impulsó múltiples publicaciones, cada una con una identidad clara, cuidada, casi artesanal.
Pero quizás uno de sus movimientos más disruptivos llegó en 2002, cuando concibió Diario Libre, el primer periódico gratuito del país. En ese momento, la idea parecía arriesgada. Hoy, es parte del paisaje cotidiano de miles de dominicanos. Desde sus páginas, además, De Castro escribe diariamente la columna Antes de Comenzar (ADC), un espacio que muchos leen como quien escucha a alguien que, más que opinar, intenta poner orden en medio del ruido.
Su influencia no ha pasado desapercibida. En junio del año pasado, la Asociación de Cronistas de Arte (Acroarte) también reconoció su aporte al periodismo y su papel como referente para nuevas generaciones. Porque sí, hay periodistas que informan… y hay otros que forman.
Además —y esto no siempre se dice lo suficiente—, ha desarrollado una carrera diplomática paralela. En noviembre de 2020, fue designado por el presidente Luis Abinader como embajador representante permanente ante la Organización Mundial del Turismo (OMT), con sede en Madrid. Ya antes había servido como embajador ante el Reino de Bélgica y jefe de misión ante la Unión Europea.
Dos mundos, el periodismo y la diplomacia, que en su caso no se contradicen, sino que se complementan. Tal vez porque ambos exigen lo mismo en el fondo: entender el contexto, leer entre líneas… y saber cuándo hablar.
Hoy, el reconocimiento llega. Y aunque los premios no definen una carrera, sí la iluminan.
Porque al final, y es inevitable pensarlo, el buen periodismo no solo informa. También deja legado.














