Hay momentos en los que el silencio no es opción. Y este parece ser uno de ellos.
La Iglesia Católica en República Dominicana, a través de la Comisión Nacional de Pastoral de Ecología y Medioambiente, ha decidido pronunciarse. No con estridencia, pero sí con firmeza. Su mensaje llega en medio de un debate que crece poco a poco, como las propias montañas que hoy están en el centro de la discusión: la preservación de las cordilleras Central y Septentrional.
El respaldo es claro. La Iglesia apoya a las comunidades que, de manera pacífica, han salido a caminar, a levantar su voz, a pedir algo que parece básico… pero que no siempre es escuchado: proteger lo que sostiene la vida.
Y es que, como recuerdan, no se trata solo de paisajes. Las montañas no son una postal. Son agua. Son equilibrio. Son futuro.
En ese sentido, la referencia no es casual. Traen a la conversación las palabras del papa Francisco en Laudato Sí’, donde insiste en que el cuidado de la “casa común” no es una opción individual, sino una responsabilidad compartida. Una tarea que exige decisiones prudentes… y, sobre todo, orientadas al bien común.
Pero hay preocupación. Y se siente.
La posibilidad de operaciones mineras en estas zonas enciende las alarmas. No solo por el impacto visible —el terreno, la biodiversidad— sino por algo aún más delicado: el agua. Ese recurso que no negocia. Que no espera. Que define la vida diaria de comunidades enteras, de la agricultura, de los ecosistemas.
La verdad es que el argumento va más allá del medioambiente. Toca fibras sociales. Porque, como plantean, proteger las montañas que garantizan el agua es también una forma concreta de justicia social.
Mientras tanto, en distintos puntos del país, las caminatas siguen. Gente común. Familias. Jóvenes. Adultos. Pasos que no hacen ruido… pero dicen mucho. Una señal de que algo está cambiando: la conciencia.
La Iglesia, por su parte, insiste en una idea que suena sencilla, pero es compleja de ejecutar: apostar por un desarrollo que no hipoteque el futuro. Buscar alternativas económicas que generen bienestar hoy… sin sacrificar el mañana.
Y en medio de todo, deja una advertencia que no pasa desapercibida.
Que las autoridades no caminen de espaldas a estos reclamos.
Que el beneficio de unos pocos —de aquí o de fuera— no pese más que la vida de un pueblo entero.
Al final, el debate no es solo ambiental.
Es moral.
Es social.
Y, sobre todo… profundamente humano.















