José Antonio Aybar F.
Con el mayor respeto hacia Giovanny Cruz, cuya trayectoria en las artes escénicas es incuestionable, considero que su planteamiento sobre las honras fúnebres de Alex Bueno en el Teatro Nacional Eduardo Brito parte de una visión excesivamente rígida de lo que representa este recinto cultural para la sociedad dominicana.
No estamos hablando de convertir el Teatro Nacional Eduardo Brito en una funeraria ni en un “camposanto”. Estamos hablando de la despedida excepcional de una figura excepcional. Un artista en toda la dimensión de la palabra. Una persona cuya obra trascendió escenarios, generaciones y clases sociales, y cuya influencia forma parte de la memoria cultural del país.
Los pueblos también construyen símbolos, y los espacios culturales existen precisamente para honrar a quienes ayudaron a engrandecerlos.
Desde la sociología, los rituales públicos de despedida cumplen una función colectiva. No son únicamente actos familiares, son momentos donde una nación expresa gratitud; reafirma valores y reconoce a quienes contribuyeron a su identidad.
Negarle al pueblo la posibilidad de despedir en el principal escenario cultural del país a una figura que dedicó su vida al arte puede resultar tan excluyente como pretender que la cultura pertenece únicamente a quienes administran sus espacios.
Más preocupante aún es que esta visión parece extenderse a otros artistas populares.
El propio Giovanny Cruz se ha opuesto en distintas ocasiones a que figuras de la dimensión de Alex Bueno tengan una presencia más protagónica en espacios como el Teatro Nacional Eduardo Brito.
Y ahí surge una pregunta válida: ¿quién decide qué artista merece el reconocimiento de las grandes instituciones culturales y cuál no? Porque si algo ha demostrado la historia cultural dominicana es que el talento, el impacto social y el cariño del pueblo no siempre coinciden con los criterios de una élite artística.
Resulta curioso que algunos sectores de la llamada intelectualidad cultural siempre encuentren argumentos reglamentarios cuando se trata de reconocer a figuras populares. Ocurrió cuando muchos teatristas e intelectuales rechazaron que el Palacio de Bellas Artes llevara el nombre de Freddy Beras Goico.
Sin embargo, la historia ha demostrado que Freddy aportó más al fortalecimiento de la identidad cultural, la comunicación, el entretenimiento y la solidaridad dominicana que muchos de sus detractores juntos.
Este tipo de posturas suelen reflejar una división artificial entre la cultura considerada “elevada” y la cultura que nace del sentimiento popular. Pero una nación madura entiende que ambas forman parte de su patrimonio.
Alex Bueno, Freddy Beras Goico y tantas otras figuras han conectado con millones de dominicanos, han construido identidad colectiva y han contribuido a la proyección cultural del país de una manera que no puede ser ignorada por prejuicios académicos o estéticos.
Las instituciones culturales no son edificios vacíos ni reglamentos escritos en piedra. Son espacios vivos que reflejan el sentir de una sociedad.
Cuando una figura artística alcanza una dimensión histórica, las normas pueden convivir con la sensibilidad colectiva sin que ello implique degradar la función de una institución.
Defender la solemnidad del Teatro Nacional Eduardo Brito es correcto.
Pero también lo es reconocer que hay artistas cuya trascendencia merece una despedida o un homenaje acorde con el amor y la admiración que les profesó un pueblo entero.
En ocasiones, rendir homenaje a los grandes no disminuye a las instituciones; por el contrario, las engrandece.















