Rafael A. Escotto
«La voz de Manuel del Cabral encontró en la palabra no solo un medio de expresión, sino un instrumento de conciencia social e identidad», Ingrid González de Rodríguez.
Hace ya algunos años, cuando aún vivía el poeta municipal laureado Dionisio López Cabral, nos relató —en presencia de León David, hijo del eminente escritor y político santiagués Juan Isidro Jimenes Grullón, Luis José Rodríguez y este articulista— durante una tertulia literaria improvisada en el restaurante El Encanto, ubicado en la calle Restauración de Santiago de los Caballeros, una anécdota memorable.
Dionisio contó que una vez su tío, Manuel del Cabral, lo llamó por teléfono para pedirle que lo esperara a los pies del Monumento a los Héroes de la Restauración. Antes de concluir la llamada, don Manuel le pidió a su sobrino —según él mismo narró— que no informara a nadie más sobre aquella visita.
No es secreto alguno que la relación entre don Manuel y Dionisio fue, en vida, muy cercana, no solo por los fuertes lazos familiares que los unían, sino también por compartir la herencia literaria de la familia Cabral, reconocida ampliamente, y que les valió a ambos ser poetas laureados.
Me gusta imaginar que ambos poetas se sentaron felices durante ese reencuentro y, sobre todo, sintiéndose instalados en el asiento emblemático que el periódico La Información colocó junto al Monumento a los Héroes de la Restauración, un gesto destinado a motivar la lectura.
Durante el encuentro, Dionisio le dijo a su tío: «Quiero leerle un poema que escribí dedicado al poeta de los pobres y de la negritud, Juan Sánchez Lamouth, nacido en Santo Domingo. El poema lleva por título «Duende negro»:
«Viajero de la noche,
en mi cuerpo.
Eres el bongó
que despierta
madrigales negros».
Don Manuel del Cabral se reclinó ligeramente, deleitado por la brevedad poética, y sonrió; al escuchar el poema de su sobrino quedó pensativo, especialmente por la coincidencia poética entre ambos.
Acto seguido, el laureado poeta santiagués le dijo a Dionisio: «Mira, a propósito de tu poema, yo también escribí hace muchos años un poema que parece resonar con tu hermosa creatividad poética. Se titula «Negro sin risa». Solo leeré dos fragmentos. «¡A ver, tío…!» respondió Dionisio.
«Negro triste, tan triste
que en cualquier gesto tuyo
puedo encontrar el mundo.
Tú que vives tan cerca del hombre sin el hombre, una sonrisa
tuya me servirá de agua
para lavar la vida, que casi no
se puede lavar con otra cosa.
Quiero llegar a ti, pero llego lo mismo
que el río llega al mar…
De tus ojos, a veces,
salen tristes océanos que en el cuerpo te caben,
pero que en ti no caben».
Tío y sobrino se confunden en un abrazo. El abrazo es un sentimiento que no se puede describir. Son murmullos en silencio. Mágicos momentos. En ese encantamiento fértil el tío Manuel lee otro poema con su dulce voz lírica de primavera:
«En una esquina está el aire
de rodillas…
Dos sables analfabetos
lo vigilan.
Pero yo sé que es el pueblo
mi voz desarrodillada».
Dionisio sonríe de alegría al oír aquel poema. Mientras que don Manuel del Cabral luce ufano esperando un verso de Dionisio López Cabral que evoque aquella presencia:
Bajo el almendro
el gris de la tarde
es un adiós…
que vuelve.
Fuente: La Información.













