Rafael A. Escotto
Inicio este trabajo con una interrogante: ¿Es la paz un tesoro oculto en las profundidades insondables de algunas mentalidades que se resisten a encontrarla?
Hay quienes solo han conocido una paz verdadera en un poema o en una noche que muere. Escudriñando en la literatura, me encontré con que el poeta italiano, Francesco Petrarca, voló hacia el cielo tratando de descubrir afanosamente una paz duradera; sin embargo, Petrarca solo vio morir su sueño. La poetisa española Gloria Fuertes únicamente halló tres letras para escribir “Paz” en un mundo azul.
El día doce de mayo del año en curso asistimos al Archivo Histórico de Santiago (AHS) para dejarnos sorprender intencionadamente por el mito de una paz oculta en las paredes marmóreas de un Monumento épico que oculta una libertad que, a los ojos de muchos, resulta inapreciable, especialmente porque se trata de una edificación levantada sobre la cresta empinada de una montaña llamada Cerro del Castillo, con la única intención de un dictador que quiso mostrarle al mundo la belleza de una paz que, en cambio, alimentó el dolor.
El genio literario e investigador de nuestro querido amigo Marlon Anzellotti González se encargó brillantemente de desmitificar la historia del Monumento a la Paz de Trujillo, cuya construcción inició el 30 de abril de 1944 con un picazo de la gobernadora Isabel Mayer y fue inaugurado finalmente en 1951 en la ciudad de Santiago de los Caballeros; una paz que le fue dada, enmascarada al pueblo dominicano, con el fin de adular el ego y la soberbia naciente de un jefe de Estado como Rafael Leónidas Trujillo Molina.
Nos preguntamos en este momento: ¿Es posible reconciliar la ilusión de una paz con bayonetas y una libertad ensangrentada? Pero antes de responder a los desafíos de la paz que Trujillo quiso venderle a Santiago y al país, Anzellotti González inteligentemente nos brinda un paseo cultural por los murales del pintor español José Vela Zanetti y fue precisamente en este recorrido que comenzamos a sentir una paz que intenta calificar su presencia a través de una actividad humana como las artes plásticas.
Durante el recorrido por los murales, Anzellotti González explicó con escrupulosidad y un notable lujo de detalles el significado conceptual de cada obra, cuyos dise-ños fueron confiados al pintor Vela Zanetti. Esto permitió que el público presente en la conferencia pudiera construir en su imaginario una representación lo más fiel posible a los propósitos del artista.
Sin duda alguna, el pintor debió plasmar en sus lienzos la trascendencia que el dictador deseaba inculcar en la conciencia colectiva sobre una falsa paz, justificada por los intereses políticos del régimen, cuyo objetivo principal era mantener la sumisión de los ciudadanos a su gobierno.
En varias pinturas, el autor dejó intencionadamente una crítica social y política sutil contra el régimen que lo contrató; una apreciación que el dictador, durante su visita a la exposición en el Monumento, pudo discernir con visible disgusto, espe-cialmente en un mural que representa a un hombre musculoso rompiendo las cadenas que ataban sus brazos. Sin embargo, una explicación algo retorcida de la realidad logró apaciguar la ira del mandatario.
En definitiva, el conferencista Marlon Anzellotti González logró, con gran facilidad y éxito, desmitificar aquella supuesta paz de Trujillo, evitando caer en exageraciones políticas que pudieran restar valor a esta cátedra admirablemente inspirada y organizada por el Archivo Histórico de Santiago.
Fuente: La Información.











